Régimen Escocés Rectificado

El Hombre es por naturaleza bueno, justo y compasivo.
¿Por qué se encuentra tan a menudo en contradicción consigo mismo?
Estudiad seriamente la causa, es muy importante descubrirla.

Génesis

El fundador del Régimen Escocés Rectificado, Jean-Baptiste Willermoz, nació en Lyón en 1730, fue un Masón de una envergadura excepcional; fue el arquitecto principal de un edificio que aún subsiste indefinidamente.

En su gran empresa de reforma, de rectificación, de la Masonería, Jean-Baptiste Willermoz tuvo la genial idea de constituir su propio sistema, que transmitiría, al mismo tiempo mediante la enseñanza y por la iniciación, la doctrina de la “Reintegración de los seres” de Martínez de Pasqually. Doctrina que consideró, desde que la conoció, que debía estar siempre, en la base de la Masonería primitiva y auténtica.

El hombre fue creado a la imagen de Dios y según su semejanza. La caída le hizo perder la semejanza, pero la imagen, huella divina, se mantiene inalterada. El objeto y el fin de la iniciación es el retorno de la deformidad a la conformidad, del estado caído al estado anterior a la caída.

Todo el sistema elaborado por Willermoz, es decir el Régimen Escocés Rectificado, se modela, y sus formas se adaptan, para permitir que la iniciación opere de esta manera. El resultado fue el Régimen Escocés Rectificado, que fue oficialmente sancionado, a nivel nacional, por el Convento de las Galias, en Lyón en 1778 y después, en el plano internacional, por el Convento de Wilhelmsbad, en Alemania en 1782.

Una Arquitectura en 4 grados y 2 niveles:

Una de las particularidades del Rito Escocés Rectificado es que propone una progresión ordenada y coherente en seis etapas. Este Régimen está dotado de una arquitectura concéntrica, en círculos sucesivos:

La clase simbólica u Orden Masónica, con sus cuatro grados:

1° Aprendiz,

2° Compañero,

3° Maestro,

4° Maestro Escocés de San Andrés,

La Orden Interior, que es caballeresca, con sus dos grados:

5° Escudero Novicio, que es une periodo probatorio.

6° Caballero Bienhechor de la Ciudad Santa.

Estos dos círculos tomaron prestado lo esencial de sus formas exteriores de los grados masónicos y caballerescos vigentes en Francia y en Alemania (usos de lo que se llamará más tarde Rito francés, grados “escoceses” y Estricta Observancia), con adaptaciones no despreciables exigidas por el sistema.

Por razones administrativas los tres primeros grados están reagrupados en logias azules regulares bajo el auspicio de la Gran Logia de España (GLE), los otros grados están bajo la égida del Gran Priorato Rectificado de España (GPRE).

El RER propone una iniciación en cuatro grados simbólicos:

El primer grado del RER representa al Hombre en general en su dualidad y separado de sus lazos con lo divino que hay en él. Mediante el trabajo de la piedra bruta, en la búsqueda de la luz, el aprendiz encontrará la vía interior que le da el acceso a la débil chispa divina oculta en lo más hondo de su ser.

En el segundo grado el trabajo de la piedra cúbica evoca una búsqueda de perfeccionamiento moral que tiene en cuenta el equilibrio entre el aspecto vertical (espiritual) y horizontal (material) bajo el control riguroso de la escuadra.

Estos dos primeros grados representan el trabajo sobre uno mismo y el perfeccionamiento moral resultante. San Juan Bautista es el patrón de estos dos grados que no dan todavía acceso al santuario.

El tercer grado marca el paso a una dimensión espiritual por el símbolo de la resurrección de Hiram en cada Maestro de San Juan. El trabajo sobre la plancha de trazar evoca una búsqueda de perfeccionamiento espiritual. El Maestro de San Juan obtiene las herramientas que le permiten trazar los planos para la reconstrucción de su templo interior. San Juan Evangelista es el patrón de este grado.

En el cuarto grado, el Maestro Escocés de San Andrés abandona las cadenas que marcaban su servidumbre, encuentra de nuevo la palabra de Maestro que se había perdido y trabaja en la reedificación de su templo interior marcando así el retorno al Hombre original, como fue creado a imagen del Gran Arquitecto del Universo. Es el retorno a la unidad, a la armonía con el universo. El espíritu y la materia son uno.

Esta iniciación en cuatro grados del RER muestra el camino que nos permite pasar progresivamente del estado de Hombre separado de su enlace divino al del Hombre primero.

Ello representa la apertura hacia una nueva dimensión, la de los grados de la Orden Interior. Este cuarto grado de perfeccionamiento simbólico es un grado bisagra que corresponde a una enseñanza iniciática coherente y completa del Rito Escocés Rectificado en seis niveles. Este grado representa el fin de la reconstrucción del Templo Interior.

Los grados de la Orden Interior…

…van a permitir la consagración del Templo para que vuelva a ser el santuario de la Luz y de la Verdad. Esta búsqueda de la armonía con las leyes fundamentales del universo desarrolla la inteligencia del corazón que permite la elección y la orientación juiciosa de nuestras acciones, que nos traerán de forma natural los frutos más apropiados para nuestro bienestar y nuestra evolución. Es la vía hacia la que nos conduce el verdadero conocimiento.

El RER es un rito cristiano en el espíritu más puro de la Ley del Amor que constituye su fundamento.

Es un rito cristiano, sin dogmas, pero con referencias bíblicas muy presentes, como por ejemplo la Biblia abierta en el prólogo del Evangelio según San Juan sobre el altar en el Oriente. La Biblia está en el Oriente, pero está orientada hacia el Occidente para guiarnos a través del maravilloso mensaje de la Ley del Amor. Representa la luz necesaria para el perfeccionamiento de nuestros trabajos y nos recuerda nuestra búsqueda iniciática que consiste en recuperar la Luz Divina que hay en nuestro corazón.

La conciencia de esta conexión con lo divino nos permite vislumbrar el camino del retorno desde la unidad a la fuente infinita de Conciencia, de Luz, de Amor y de Vida. Es a través del trabajo simbólico de la reconstrucción de nuestro templo interno como esa parte de la Luz Divina encontrará una casa digna de acogerla, pero sobre todo un templo interior que le permitirá desarrollarse e irradiar para nuestro bien y el de los demás.

Conócete a ti mismo (Nosce te ipsum):

Decía Willermoz: “La masonería fundamental tiene un fin universal, que la moral sola no podría llenar. La práctica de la sana moral y de los deberes sociales son el fin aparente de los grados, pero estas virtudes no pueden ser el fin real, pues: ¿tendría necesidad entonces de emblemas (símbolos), de secretos y de iniciación? Su fin es iluminar al hombre sobre su naturaleza, sobre su origen y sobre su destino.”

La naturaleza del hombre, su origen y su destino. Es la famosa trilogía:

¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos?

Estas tres preguntas – las únicas esenciales y vitales, las únicas que valen – no han cesado, “desde que hay hombres, y piensan” (como dijo Jean de la Bruyère), de perseguirlos y de atormentarlos con esta angustia metafísica que está en el corazón mismo de la condición humana.

Ahora bien, de estas cuestiones, Willermoz consiguió las respuestas que disiparon esta angustia y le proporcionaron, dice, “esta paz interior del alma, el beneficio más precioso de la humanidad, respecto a su ser y respecto a su principio”; también hizo “disfrutar la misma dulzura” a sus “émulos” y, posteriormente, a nosotros mismos, que pertenecemos al Régimen fundado y organizado por él.

Ese es, según Willermoz y sus “émulos”, el “verdadero fin de la Orden”, tal es la “verdadera ciencia masónica”: dar al hombre una enseñanza sobre el hombre, enseñar al hombre quien es. Opinión enteramente compartida por Joseph de Maistre que, en su Memoria al duque de Brunswick de 1782, afirma categóricamente, en una de estas fórmulas de las que tiene el secreto: “El gran objetivo de la masonería será la ciencia del hombre”.

Señalemos bien: la ciencia del hombre. Willermoz, por su parte, emplea la expresión de “alta ciencia”, y opone esta última a las “ciencias vulgares”, es decir a las ciencias naturales en sentido amplio: ciencias naturales, y ciencias morales y sociales, lo que hoy se llama ciencias humanas.

Esta alta ciencia es, digamos la palabra, una metafísica. Más precisamente todavía, es una ciencia del ser humano, es decir una ontología. Y ésta está indisolublemente ligada, por una necesidad absoluta, a una ciencia, a una doctrina de la iniciación. De estas dos emana una historia metafísica del hombre, que se podría cualificar de meta-historia, y una historia de la iniciación, que se desarrollan en paralelo.

Mención de autoría

Fuente: Publicado en Gran Logia de España.
Autoría: Respetable Logia Tau Núm. 12.